08 Ene 2018 OPINIÓN: «LA CUESTIÓN DEL NACIONALISMO»

FABRICIO DE POTESTAD MENÉNDEZ (PRESIDENTE DEL PSN-PSOE. EXCONCEJAL DE SANIDAD DEL AYUNTAMIENTO DE PAMPLONA). DIARIO DE NAVARRA. 7-01-2018.- Tanto en su origen como a lo largo de su devenir histórico y en su conformación presente, la cultura de una comunidad social es en su esencialidad abigarrada y plural, por lo que es absurdo tratar de homogenizarla. La cultura significa pluralidad, y su fuerza y su operatividad están enraizadas precisamente en su diversidad. Debemos pues sentirnos alarmados ante los intentos de transformación de la sociedad en una unidad homogeneizada, pero igualmente debemos inquietarnos cuando se pretende romper esta unidad mediante una disparidad inexistente. El problema que aletea en el interior de nuestra sociedad tiene su raíz última en el carácter imperativo de dos formas de pensar y de sentir que se esfuerzan cerrilmente en creerse antagónicas. Se produce así la ilusión de la existencia de dos culturas enfrentadas en un mismo espacio social, cuando en realidad ambas forman parte de una simbiosis, cuya salud depende de su coexistencia.
En pleno siglo XXI, en el marco de la Unión Europea, agitar discursos sobre naciones sublimadas, sustentadas en viejos y desprestigiados ensueños mitológicos, históricos, raciales o sentimentales colisionan irreconciliablemente con el espíritu de la Ilustración. La sociedad moderna es heredera del Siglo de las Luces y el positivismo, hija de la evolución científica y técnica, enriquecida por la democracia y los derechos humanos, por lo que refuta el antagonismo hostil que las identidades fosilizadas suscitan. La identidad basada en la mitología, la etnia o en la antigüedad inmemorial es excluyente y se contradice con la multiculturalidad, el cosmopolitismo y la globalización. Es cierto que hay nacionalismos que se limitan a manifestar apego y respeto por una determinada tierra, su historia, su lengua y su cultura, pero también hay nacionalismos totalitarios e incluso violentos que no han conseguido sino ahogar, de forma innecesaria, la sincera consideración y admiración que existía hacia esas culturas, transformándola en animadversión. Ni la etnia ni la tradición, ni los productos con denominación de origen ni una pedagogía apologética del folklore, se pueden considerar actualmente como taumatúrgicas panaceas. Lo que no obsta para que la lengua, las costumbres y las tradiciones, que forman parte del patrimonio cultural de un determinado pueblo, sean promocionadas y protegidas. Silenciar los cruces humanos y culturales, colocando en una ingrata situación personal a los autóctonos o a los foráneos que no comparten una determinada identidad cultural, crea una invisible pero eficaz red de nuevas fronteras, en vez de desactivar las ya existentes. Cualquier pueblo debe estar abierto a otras culturas, a sus recodos sin fin, sin que haya en ello ninguna predisposición a encontrar una verdad vivificadora que pueda posarse sobre nosotros y transformarnos en lo que no somos. Ni lo creemos, y de creerlo, dudo que lo deseáramos. Cada uno se siente bien con sus propias raíces, tanto para sumergirse en su intimidad cuanto para volcarse en un mundo sin fronteras. En los estados modernos, el chovinismo no es más que una exaltación sin aliento vital. Hoy día, en plena expansión del cosmopolitismo, no existe ninguna cultura que no sea híbrida, por lo que resultan absurdos los sentimientos de superioridad o de autenticidad excluyente, proclives a recurrir a las esencias autóctonas, a los sentimientos telúricos y a las tradiciones ancestrales que exigen la participación en un foro común, ignorando el genuino derecho individual, propio de las democracias constitucionales y de los estados democráticos modernos.
El nacionalismo supremacista, que mediante una secesión traumática rechaza la diferencia, la segrega y la excluye, resulta ser un proyecto político amenazador y despectivo, pues supone el repudio del resto de la población con la que durante siglos ha convivido. La fractura secesionista, además, no es inocua en sus consecuencias, pues conlleva graves perjuicios políticos, económicos y sociales, sobre todo para los más vulnerables. Por el contrario, el nacionalismo solidario que tan solo pretende mejorar su autogobierno, sus condiciones económicas y preservar su patrimonio cultural, no solo no supone un problema, sino que protege la diversidad frente a la homogeneización globalizadora y aporta una visión cohesionada y enriquecedora del Estado. La sacralización de una identidad puede llevar a un nacionalismo absolutista y enterizo que requiere palabras nuevas y no usadas, puesto que lo que pretende decir es tan insólito como dañino, pues cuando una lengua deja de ser un instrumento de comunicación al servicio de la ciudadanía que la habla, la vive y la crea, cuando una lengua levita por encima de la realidad, se convierte en un aciago ente metafísico. Y cuando esto ocurre, es que se ha petrificado la identidad, politizado su lírica y corrompido lo mejor de una comunidad. No debe caerse en el misoneísmo de instrumentalizar la lengua para fines políticos o económicos ni para crear desconcierto o confusión. Las identidades no deben ser fuerzas enfrentadas, sino el engarce universal que nos hace conscientes de que, a pesar de todas nuestras diferencias, todos somos humanos, por lo que tenemos un origen y un destino común. O no tendremos ninguno.