16 Ago PSICOANÁLISIS DEL POLÍTICO CORRUPTO

Si nuestro existir se acaba definitivamente en esta tierra, el ser humano es el más miserable de los seres vivos, pues es el único animal consciente de que toda su apasionada y heroica empresa es un terrible fracaso, pues acaba inevitablemente con su muerte y desaparición. Y este absurdo final se convierte en tan excesivo que el espanto de tener que llegar a ser nada le empuja a querer serlo todo.

Dormir, dormir sin fin, dormir toda una eternidad y sin soñar, incorporando a lo definitivo, al último mundo, un cosmos totalmente desnudo de conciencia, pues ese es el final de lo humano, una desesperación tan definitiva que se convierte en paz, pero una paz que no puede ser vivida como tal, pues la muerte mata del todo.

Quizá la vida no es otra cosa que la persecución de la plenitud ante el terror de la nada, además obviamente de la frustración de no poder alcanzarla, convirtiendo en nada el ser que la busca. No fue una metamorfosis lo que le ocurrió al protagonista de la novela de Kafka, cuando una mañana, al despertar, se vio convertido en un insecto monstruoso, sino que, condicionado por las censuras, engaños y mitos que el capitalismo procura, vio no solo la menesterosidad de la indigencia constitutiva del ser humano, atrapado en su fragilidad, contingencia y finitud, sino que constató la podredumbre en la que como ser conviviente se ha convertido, por causa de nuestra insolidaria e injusta miseria social.

En efecto, el capitalismo ha instalado en la historia una tensión y una angustia social muy peculiares que se traducen en la artificialidad e inmoralidad cultural creada y que remite a una competitividad selectiva y muy exigente que conduce inevitablemente a una problemática disputa o enfrentamiento entre seres humanos, sin otra finalidad que ser y tener más que los demás. Quien mejor se ajusta a este perfil son las personas penetradas por el narcisismo, que viven exclusivamente en función de los demás. El narcisista no solo lucha por su conservación, permanencia y propagación, sino por ser mirado y admirado. Necesita salirse de la masa anónima y sentirse en la cresta del oleaje. El narcisista se aferra a las ilusiones que se forja respecto de sí mismo porque en el fondo no es otra cosa que la constatación de su propia insustancialidad que se quiere salvar en la imagen impostada que trasmite. No es capaz de lograr con los demás una empatía suficiente en calidad, cantidad y estabilidad, por lo que, al no poder ponerse en el lugar del otro, no puede percibir ni sentir el daño que puede causar a sus congéneres. Y esta necesidad de adulación unida a la falta de empatía es la que fragua en el afán de poseer todo aquello que supuestamente lo hace fascinante a los ojos de los demás. El poder político procura un magnífico escenario que invita a estas personas a enriquecerse sin miramientos. Dicho de otra manera, es el caldo de cultivo óptimo para la corrupción.

En efecto, los políticos corruptos son personas que presentan un tipo de personalidad narcisista, muy egoísta, cínica y fanfarrona. Así como una fuerte inclinación a centrarse en sí mismos como fuente para satisfacer sus necesidades. Están convencidos de que son superiores a los demás y tienen la imperiosa necesidad de mostrar esa prepotencia. Son personas embaucadoras y abusivas, cuya dinámica mental no tiene en cuenta la ética ni los códigos morales. No sienten culpa, quizá lleguen a sentir vergüenza al verse expuestos al escarnio público, pero no arrepentimiento. Pasan sin detrimento personal por encima de los demás, indiferentes a las normas y con la idea de estar más arriba que ellas, transgrediéndolas fácilmente, sin tener en cuenta el impacto que sus acciones ilegales tengan sobre los demás, pues carecen de empatía. En su proceder, se aprovechan de su posición social y política privilegiada para delinquir. Precisamente por eso, no hay mayor y más despiadada instrumentalización de la ciudadanía que, valiéndose de un cargo político, apropiarse de los bienes públicos que le pertenecen en beneficio propio.

En definitiva, el ser humano fraguado en la sociedad capitalista, condicionado por la discordia que la competitividad establece, busca el éxito, la riqueza, el poder y lo hace a cualquier precio e incluso a costa de los demás. No solo lo fáctico, contingente y efímero de su bilogía, sino también su ambición narcisista y su hambre de plenitud, contextualizada en una sociedad salvaje e inmoral, son las causas que le llevan a la corrupción. Lo grave de este fenómeno es que no se trata, como en ocasiones se pretende, de casos aislados, sino de tramas organizadas y sistematizadas, pues su consustancialidad con el actual sistema capitalista determina que la corrupción aparezca y permanezca, siendo su erradicación muy difícil. Hoy nuestra sociedad es un lugar frío que abandona la solidaridad para calentarse las manos en la hoguera luminosa y también fría del dinero.

Fabricio de Potestad Menéndez
Presidente del PSN-PSOE y médico-psiquiatra-psicoanalista

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