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TEODICEA

14/01/2012

TEODICEA

Fabricio de Potestad Menéndez 
Secretario de Estudios y Programas de la Comisión Ejecutiva Regional del PSN-PSOE

DIARIODE  NOTICIAS

Si el terremoto de Lisboa de 1755 bastó para que Voltaire ridiculizara la Teodicea, Auschwitz supuso un reto para la razón ilustrada, pues representa un acontecimiento histórico que no admite racionalidad alguna. Marca, por tanto, un antes y un después. Tras semejante maldad humana, que sobrepasa nuestra imaginación, la razón parece absolutamente impotente y desconsolada, pues lejos de llevarnos por el camino hegeliano hacia un final feliz, parece haber tomado un camino negativo que, en plena apoteosis de la globalización capitalista y con un escandaloso olvido de la humanidad considerada un fin en sí misma, nos conduce a la sumisión del ser humano a la dictadura del dinero y del mercado financiero.
         Leibniz consideró necesario llevar a cabo una investigación racional, la Teodicea,  que pudiera explicar la paradójica coexistencia de la infinita bondad de Dios con la presencia del mal en el mundo. El interrogante, aún no respondido debidamente por la Iglesia, tuvo y sigue teniendo un gran interés, sobre todo en un país, como España, en el que todavía existe una tradición concordataria entre el Vaticano y el Estado que se inició en 1851. Y más aun cuando el Concordato de 1978 entre el Estado español y la Santa Sede no aplica correctamente el principio de laicidad recogido en la Constitución, pues sigue otorgando privilegios económicos y jurídicos a la Iglesia Católica. Sirvan de ejemplo los recientes recortes aprobados por el PP que tienen como excepción la financiación de la Iglesia Católica e incluso ésta mantendrá su exención de tributar los bienes inmuebles mientras sube el IBI para el resto de contribuyentes. Es más, en un Estado laico, que debe mantener la más escrupulosa neutralidad en asuntos de convicciones morales y creencias, no es justo ni lógico que los contribuyentes católicos puedan destinar una parte de sus impuestos al mantenimiento de su propia y privada congregación religiosa, substrayendo dicha cantidad del bien común. Y para colmo, sea el poder público quien lleve a cabo dicha recaudación. En fin, todos somos iguales ante los ojos de Dios, pero no ante los de Hacienda.
    El interrogante acerca de la Teodicea al que más arriba hacía referencia puede planteare así: si Dios es bueno, ¿por qué permite el mal? Si es sabio, ¿por qué no da con una solución eficaz a los males del mundo?  Si es omnipotente, ¿por qué no lo erradica de una vez por todas? Es más, si es omnisciente, es decir, conoce el pasado, el presente y el futuro, ¿por qué no predice las calamidades y las previene? La respuesta racional  es o no sabe, o no puede, o no quiere suprimir el mal, en cuyo caso o no es sabio, o no es poderoso, o no es bueno. O, sencillamente, no existe, lo que produce una unamuniana desazón. También es verdad, no obstante, que entre dos absurdos, Génesis  o Big Bang, por qué no elegir el que más consuelo y esperanza procura. En cualquier caso, este debate lo dejo para Benedicto XVI y Stephen Hawking.
    En el siglo XVII se vieron en la necesidad de justificar el comportamiento de Dios y hacerlo compatible con la maldad existente, y así Leibniz, como ya apunté anteriormente, abordó este difícil problema, viniendo a decir que Dios hizo el mejor mundo posible, pues sin un determinado número de males no podría existir. Obviamente la repuesta nos lleva a la conclusión de partida: Dios no estaba lo suficientemente dotado como para hacer un mundo perfecto. Y con semejante limitación, hay que hacer la pregunta del millón, ¿qué necesidad tenía para haberlo creado? Lo cierto es que los atributos divinos se dan de bruces con los desastres que acontecen en el mundo, como las guerras, el terrorismo, las catástrofes naturales, el hambre o las enfermedades.
    Aseguró Jesús a sus discípulos que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrase en el reino de Dios. En consecuencia, la Iglesia debería  condenar los fundamentos mismos de la lógica cruel e inmoral del mercado y del capitalismo global, causantes, qué duda cabe, de las dramáticas desigualdades y sus trágicas consecuencias. Sin embargo, Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, desde su propia y eterna cadena de púlpitos, sumisa y hagiográfica con la derecha, no desiste de su enfermizo empeño de condenar el uso del preservativo, las relaciones homosexuales o el mismísimo onanismo mientras guarda un escandaloso y cómplice silencio con las grandes fortunas que no cejan en acrecentar sus riquezas que nos hacen a todos estadísticamente más pobres, con los depositantes de capitales en paraísos fiscales que arruinan el país, con los especuladores financieros y los grandes empresarios que mediante las hipotecas basura y el libre flujo de capitales han causado la crisis económica más grave desde el crack de la Bolsa de Nueva York en 1929. Vamos, que pese a la excepcionalidad de la actual situación social, que está causando un crecimiento inquietante de la hambruna, del desempleo, de la exclusión social y de los recortes de las prestaciones sociales, Dios permanece callado, Rouco Varela se esconde, y Rajoy, también. Y es que lo de ellos es la caridad, esa manera demorada de dejar que los pobres se vayan muriendo de hambre piadosamente. Lo cierto es que la Teodicea sigue sin aportar una explicación convincente acerca la coexistencia de Dios, de su Iglesia y del mal. Mientras, los obispos arengan a sus feligreses contra la laicidad del Estado y exigen el desmantelamiento del madrileño barrio de Chueca, donde el carnaval extemporáneo de los homosexuales, con sus iconos Pavlovsky, Pierrot o Paco España, celebra sus flamantes matrimonios. En fin, habrá que resistir, junto al Gran Wyoming, los años del gobierno del PP.
   
   
                                   Fabricio de Potestad Menéndez
                                           Secretario de Estudios y Programas de la CER del PSN-PSOE

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