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POSTAL DE PARÍS

05/01/2012

POSTAL DE PARÍS

Fabricio de Potestad Menéndez 
Médico-Psiquiatra

DIARIO DE NOTICIAS

Después de tanto bregar a lo largo de la vida, ese instante atestado de obstáculos que va de la nada a la nada, cada vez me siento más tentado a escribir con mayor libertinaje, dejando atrás la corrección política con todo su tonelaje de arquitectura y cemento. Por ello, van a disculpar mi falta de compostura, ya que pretendo escribir con menos trabas y escasas hipotecas. El borrador ha sido ideado en París, aunque no sin cierta nostalgia, que por vecindad y afinidad, mantengo por la vieja Iruña. De ahí, precisamente, el título de este artículo que he tomado prestado de un troll, una persona anónima que escribió en una ocasión un comentario sarcástico y disruptivo contra un artículo de opinión que publiqué hace ya tiempo. Gracias, por tanto, curiosa criatura de la mitología escandinava. Lo cierto es que en pleno diciembre, apostado en cualquier rincón parisino, es posible observar el esplendor festivo y enciclopédico de los lujosos cafés y, al mismo tiempo, los efectos de una gravísima crisis económica que se escenifica en los numerosos mendigos que dormitan y mueren en el caos helado de una sociedad atrozmente inmoral.                                                                                                                                                                                              
       Hoy día nadie pone en duda que los políticos han admitido sin apenas oposición que quien manda es el mercado financiero, dejando entrever su alarmante impotencia. Los mercados han colocado a los banqueros, sin pasar por las urnas, al frente del nuevo orden mundial. Esta nueva y poderosa plutocracia cuenta además con la complicidad de las agencias de calificación de la prima de riesgo, o sea las que nos ponen la nota que determina el interés que debemos pagar por la deuda pública emitida en cada país. Obviamente, cuanto mayor sea la prima de riesgo, más deberemos, por lo que el dinero de los banqueros seguirá creciendo a costa de nuestra ruina en ese círculo perverso que se va a llevar por el sumidero nuestro futuro. Y es que el capitalismo es tan inmoral que no alcanzo a entender como puede haber políticos o ideologías que recurran a argumentos tan obviamente falaces con el fin de justificarlo. Tal tentativa no deja de ser, sin paliativos, un obsceno fraude moral e intelectual. Por ello, creo que la única salida justa de la actual crisis económica pasa necesariamente por la rebelión ciudadana, pacífica sin duda, pero firme y resuelta.
      Veníamos de nuestro socialismo romántico y literario, veníamos del sindicalismo juvenil y comprometido, veníamos de los lemas reivindicativos y populares, veníamos de nuestras trencas, nuestros suéteres, nuestros vaqueros y nuestro café con coñac, y acabamos con el franquismo y trajimos la democracia. Ahora nos tememos lo peor, la dictadura del dinero y su perpetuación a través de una democracia menesterosa y benéfica. En fin, habrá que airear de nuevo las banderas rojas y reabrir y ampliar las trincheras para dar cobijo a las inmensas anchuras de las clases medias, de los trabajadores y de los desempleados para enfrentarse a este nuevo año, triste, de color azaroso y oscuro, uno de esos años que se ve que en la calle va a pasar algo, y en cualquier momento. Y es que ante tanto hostigamiento financiero y tanto recorte social, la ciudadanía no va a tener más remedio que constituirse en una especie de frente popular, aunque esto suene alarmante y despierte las voces de gesta de otrora. Digamos lo obvio, que siempre conviene repetirlo: en un clima de cinismo bien educado donde la mayoría se ha convertido en rehén del dinero, si hay que gravar a las grandes fortunas que se están nutriendo con todo aquello que los demás necesitan, pues se hace; si hay que encarcelar a los políticos corruptos, se les recluye que todavía quedan plazas; si hay que prescindir de esos gerifaltes de la política que han convertido el poder en un cortijo privado mientras vocean frases altisonantes con las que pretenden mostrar que se hallan entregados a la consecución del bien público, aun a costa de un inmenso sacrificio personal, se les excluye y en paz. Y si hay que rebelarse contra un poder al que no le tiembla el pulso a la hora de congelar salarios, impulsar empleos basura, abaratar el despido, recortar la sanidad, la educación, la cultura y las prestaciones sociales subsidiarias, se echa mano del manual de Gandhi y a la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo, como decía el ya casi olvidado Gabriel Celaya.
      La pertinaz sequía económica nos ha cogido en bragas enjutas, hasta el punto que vivimos en un mundo lleno de cosas cada vez más caras, pero vacío de ideas y escasos de dinero. Incluso hemos llegado a tomar las cosas por ideas y el dinero por dádivas, como lo hicieron Hitler, Stalin, Mussolini o Franco, que dejaron a Europa pobre, sin voluntad y sin ese ritmo macho o hembra que es preciso para alzarse con la libertad y la justicia social. En fin, la izquierda actual, si sigue así, es ya como un mártir en vida de una religión olvidada, de un culto que se ha perdido y de una fe que se ha disipado. Es el Cristo al que le han quitado la cruz y se ha quedado en una postura sacrificada y vacía. Y eso tiene un poco de huida. De salida de un funeral sin muerto. O de una misa flamenca sin cantaor ni guitarrista. “Yugos os quieren poner gente de la hierba mala, yugos que habéis de dejar rotos sobre sus espaldas”, clamaba con fervor Miguel Hernández. Pues eso.    
 

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