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LA TIRANÍA DEL DINERO Y EL SOCIALISMO

14/12/2011

LA TIRANÍA DEL DINERO Y EL SOCIALISMO

Fabricio de Potestad Menéndez 
Secretario de Estudios y Programas de la Comisión Ejecutiva Regional del PSN-PSOE

DIARIO DE NOTICIAS 

En el actual mundo globalizado, el sistema capitalista está generando enormes desigualdades económicas que se traducen en un grave debilitamiento de las democracias, instaurándose una especie de tiranía del dinero, tan grave como cualquier régimen totalitario. La desproporción entre el poder político y el poder económico es cada vez mayor, hasta el punto que el poder financiero ha adquirido dimensiones mundiales mientras que el político ha quedado recluido dentro del ámbito de cada país.

La globalización de la economía no es un fenómeno natural, ni un orden que se haya formado por fuerzas imposibles de controlar, sino más bien el resultado de una ideología neoliberal rabiosa que a lo largo de estas tres últimas décadas se ha impuesto en el planeta y ha arrastrado a los gobiernos a abdicar de sus competencias. Entre ellas, han renunciado a practicar la política de control de cambios, lo que ha permitido que el capital se mueva libremente.
 
El Fondo Monetario Internacional, con sede en Washington y financiado en gran parte por los Estados Unidos, tuvo un papel preeminente para lograr que los países adoptasen la libre circulación de capitales. Sin embargo, la liberalización del sector financiero ha incrementado considerablemente el riesgo y, como consecuencia, las crisis financieras. A lo largo de las dos últimas décadas del siglo XX, las crisis se han producido con cierta frecuencia, hasta llegar a la actual crisis mundial. En el origen de todas ellas se descubre los movimientos libres y espasmódicos de capitales. No cabe duda de que algunos países se han beneficiado de la globalización, pero en general, haciendo abstracción de los ciclos económicos, en casi todos los países de la OCDE, las tasas de incremento del PIB han sido cada vez menores mientras los porcentajes de desempleo han aumentado, a medida que progresaba la ideología liberal.
 
La libre circulación de capitales, unida a la asunción del libre cambio, ha originado enormes desajustes en los saldos de la balanza de pagos de muchos países, con importante déficit en unos y superávit en otros. Hoy se abre un amplio abanico entre los países deudores con balanzas de pagos con saldo negativo y los países acreedores con balanza de pagos con saldo positivo. Y como la necesidad de financiación de los países deudores es cada vez mayor, la situación se hace insostenible. Además, las condiciones que exige el FMI para conceder créditos alertado por las tres grandes agencias de calificación de las primas de riesgo: Fitch, Moody´ s y Estándar & Poor´ s se basan en implementar duras medidas de ajuste que se concretan en reformas estructurales del mercado laboral, reducción de la deuda pública y tender al déficit cero. Estas medidas obligan a moderar los salarios, abaratar el despido, fomentar los contratos temporales y suprimir la negociación colectiva, sustituyéndola por la negociación de empresa, lo cual minimiza el poder sindical. Estas medidas, lógicamente, generan efectos contractivos en el consumo y en la inversión, con la consiguiente destrucción de empleo. Además, la reducción de la deuda pública y del déficit deviene en disminuir el gasto público en salud, educación y prestaciones sociales subsidiarias. En consecuencia, las economías mixtas, socialdemócratas en lo político y keynesianas en lo económico, se van asfixiando paulatinamente hasta ser dudosa su viabilidad en un mundo globalizado y neoliberal.
 
La absoluta libertad mercantil, sin ningún tipo de restricciones gubernamentales, determina que los países tiendan a ser más competitivos respecto al resto. Pero, ¿qué ocurre cuando determinados países carecen de ventajas en la fabricación de los diferentes productos? O viceversa, ¿qué sucede si sólo unos pocos países presentan grandes ventajas en la producción de bienes? La respuesta es clara. Los países más competitivos arrasarán y se adueñarán de todos los mercados, desmantelando el tejido productivo de los menos competitivos, empobreciéndolos.
 
Por otra parte, la rentabilidad del capital es mayor en los países en vías de desarrollo, porque los salarios y los costes de producción son menores. Y si no existe ninguna traba para la circulación de capitales, éstos emigran, tras sestear en los paraísos fiscales, hacia los países que tengan mano de obra barata y mercados laborales flexibles con despido módico y condiciones políticas estables que no generen incertidumbres adicionales. Por si fuera poco, el sistema capitalista se mueve en un mundo de economías de escala, donde el coste de producción se abarata a medida que aumentan las unidades producidas, lo que determina la tendencia a ampliar los mercados, al tiempo que se persiguen los oligopolios o monopolios. En consecuencia, a medio plazo las medianas y pequeñas empresas desaparecerán progresivamente, especialmente en determinados sectores industriales. 
 
La llamada globalización, es decir la libre circulación de capitales y mercancías, en realidad no es tal, pues no es sino una mera liberalización de la economía de sus ataduras democráticas. En el marco de estos nuevos parámetros capitalistas, el crecimiento económico y la competitividad sólo pueden asegurarse si los trabajadores aceptan progresivamente peores condiciones laborales, jornadas de trabajo más largas y salarios más reducidos. No en vano, el capital viaja a la velocidad de la luz, es decir, que si no se le conceden todo tipo de ventajas, emigrará a otras latitudes. Los expedientes de regulación de empleo, la  deslocalización de empresas y la traslación de capitales serán una autentica plaga. En definitiva, los parámetros económicos en los que se mueve la globalización impiden desarrollar los aspectos sustanciales de las políticas sociales. Y, en consecuencia, se irá desmantelando progresivamente la red de protección social. En este nuevo orden mundial, la izquierda dispone de escaso margen operativo, por lo que necesita rearmarse ideológicamente y adaptarse a la globalización. En este sentido, ¿qué puede y debe hacer? 
 
La actual coyuntura histórica descrita viene marcada por una inquietante indiferencia hacia las ideologías. En consecuencia, el socialismo, guiado de su fuerte tradición moralizante, que pretende convertir en justicia todo cuanto acomete, debe ahora proponer, como dice Ralph Miliband, un socialismo para una época escéptica, que devuelva la ilusión y la esperanza a toda la ciudadanía.
 
En la actualidad, la izquierda atraviesa por una etapa de debilidad, fragmentación y seria crisis conceptual. Por ello, despachar un artículo sobre la izquierda, haciendo un análisis en tan poco espacio resulta, obviamente, muy complicado. El socialismo representa, desde luego, una concepción del mundo, una filosofía con vocación universal que pretende transformar la sociedad para hacerla más justa e igualitaria. En este sentido, la izquierda surge históricamente como una necesidad política ante la falta de libertad y de justicia social. La experiencia demuestra las graves consecuencias que se derivan de los regímenes totalitarios, de las dramáticas desigualdades y del egoísmo. Por ello, es racional concluir la necesidad de construir una sociedad sobre la base de tres principios fundamentales: libertad, igualdad y solidaridad, de los que se derivan numerosos valores que configuran el ideal de la izquierda. El primer valor es la democracia, considerada como el mejor régimen político posible, pues sus reglas de juego facilitan el desarrollo de otros muchos valores como la igualdad de oportunidades, la libre opinión, la libre asociación, la laicidad que garantiza la libertad de conciencia y de religión, la igualdad entre mujeres y hombres o entre personas de distintas razas, la redistribución justa de la riqueza y de la renta, la cohesión social, la consolidación de los derechos de los trabajadores y la protección de los desfavorecidos.
 
Moralmente, la izquierda debe regirse por una ética racional y laica, basada en la experiencia, en el rigor de los argumentos y en el consenso social. Esta autonomía moral, obviamente flexible y pragmática, permite, sin prejuicio alguno, afrontar y dar respuesta racional a cuestiones tales como el matrimonio homosexual, la eutanasia pasiva, el uso del preservativo o de los anticonceptivos, la píldora del día después, la interrupción voluntaria del embarazo, la manipulación genética, la investigación con células madre o la clonación.
 
La izquierda debe ofrecerse como sustancialmente progresista en la media en que su entramado ideológico y moral, libre de premisas dogmáticas, está basado en el empirismo y el rigor argumental, lo que deja un amplio margen para la evolución y el cambio social. Y permite, además, visualizar la necesaria renovación de las estructuras del propio sistema social para ajustarlas a lo que la sociedad demanda en cada momento histórico.
 
Durante siglos se ha moldeado la feminidad, estereotipando sus conductas a fuerza de tradición y costumbres, marcándole la senda que como mujer debe transitar, organizándole su propia subjetividad y determinando por mandato masculino el espacio social en el que debe instalarse. Hay que admitir que a pesar de todo lo que se ha avanzado en las políticas de igualdad entre hombres y mujeres, la desigualdad de hecho persiste. El trabajo doméstico, sin ir más lejos, lo siguen realizando mayormente las mujeres y las tasas de participación laboral de las mujeres son inferiores a las de los hombres y sus empleos están peor retribuidos, pese a disfrutar de una formación similar a la del hombre. La izquierda, sin ambages, debe poner fin a este poderoso mundo discursivo masculino, colaborando con las mujeres para construir otra realidad igualitariamente justa, de iure y de facto, donde se hagan efectivas opciones de vida y comportamientos alternativos a las exigencias de los hombres. La lucha contra la violencia de género y la abolición de la prostitución representan también dos asignaturas pendientes de la izquierda.
 
En lo que hace referencia al medio ambiente, el desarrollo no puede ser indefinidamente sostenido, porque eso implicaría crecimientos constantes que, en un sistema limitado como nuestro planeta, acabarían por ser imposibles. El desarrollo está forzosamente limitado por razones técnicas, por la escasez de los recursos naturales y por la incapacidad del medio ambiente para absorber todos los efectos negativos de la actividad productiva. Un crecimiento continuado encierra serias dificultades, además de injustas distribuciones de sus logros, por lo que la popular expresión desarrollo sostenible debe ser sustituida por otra más acorde con la realidad. La izquierda debe proponer un nuevo paradigma: bienestar sostenible y generalizable, pues no se trata tanto de crecer indefinidamente, sino de extender el bienestar económico, científico y tecnológico a toda la humanidad.
 
Las enormes y dramáticas desigualdades sociales generadas por el sistema capitalista se traducen en altas cifras de desempleo, en un alarmante aumento de la pobreza y un inadmisible crecimiento de la exclusión social.  Con objeto de detener esta carrera desbocada, resulta imprescindible luchar contra el fraude fiscal y hacer una política fiscal progresiva y suficientemente impositiva como para garantizar la universalidad de las coberturas sociales en materia de salud, educación y prestaciones subsidiarias. 
 
El fracaso de la ideología neoliberal debe marcar el final de la filosofía de mercados financieros, donde la autorregulación ha quedado en evidencia como un fraude y la codicia ha anulado cualquier consideración racional de la economía liberal. Por tanto, el socialismo no se debe limitarse a salvar al sector financiero en la actualidad y una vez que salga a flote, dejarlo todo como estaba, sino que hay que aumentar la regulación y reforzar el control gubernamental de los mercados para que no vuelva a suceder lo mismo. Esto supone, entre otras medidas, un mayor control de las prácticas especulativas y de las inversiones de alto riesgo; sanciones penales para los directivos que cometan este tipo de abusos; frenar las burbujas de activos, limitando el flujo de dinero hacia los sectores saturados; garantizar fondos de cobertura bancarios suficientes; impedir un endeudamiento bancario excesivo; exigir una mayor capitalización bancaria de manera que haya una relación consistente entre los fondos propios y el endeudamiento, sobre todo en momentos de prosperidad;  imponer una tasa sobre transacciones financieras; combatir los paraísos fiscales mediante el levantamiento del secreto bancario y la obligación de las empresas transnacionales de pagar sus impuestos allí donde producen sus filiales y no donde tienen su domicilio fiscal. 
 
Si es peligroso centralizar todos los medios de producción en una burocracia gubernamental, casi aún más arriesgado es abandonar todo el poder económico en manos privadas. Frente al liberalismo económico y financiero que ha conducido a la economía mundial a desastres como el de 1929 o al de 2007, la izquierda debe configurar una economía mixta en la que un sector público fuerte haga de contrapeso y limite el poder económico privado. Las fuerzas del mercado y de la economía no garantizan por sí solas que el sistema se estabilice en el pleno empleo, por lo que la izquierda debe renegar del laissez-faire, laissez passer, esto es, del sistema económico sin trabas, y debe apostar por la constante intervención y control estatal. En este sentido, la creación de un holding bancario público, mediante la nacionalización de las cajas de ahorro, permitiría crear una banca oficial fuerte capaz de servir de equilibrio respecto a las entidades financieras privadas en un sector tan estratégico como el del crédito, lo cual redundaría en el mantenimiento, expansión y creación de pequeñas y medianas empresas. Únicamente el cautiverio ideológico al que el liberalismo nos tiene sometidos puede explicar que se haya perdido la gran oportunidad de nacionalizar una red de cajas de ahorro que estaban a la deriva.
 
No quiero terminar esta reflexión sin hacer referencia al conflicto de clases. Históricamente, la lucha de clases era la marca sustancial de la izquierda, hasta el punto que el objetivo primordial era su desaparición. Lo cierto es que aceptado el libre mercado –tras el fracaso del sistema comunista– en la actualidad, la izquierda es interclasista, lo cual supone para el socialismo un problema, pues es contrario a la igualdad que propugna. Por ello, la izquierda, fiel a sus valores, debe tratar de paliar las consecuencias de su renuncia mediante fórmulas que aminoren dicho conflicto, transformando el sistema empresarial en una causa común en la que el interés sea recíproco. Con objeto de atenuar el fenómeno de las injustas plusvalías, no sería descabellado socializar las ganancias empresariales mediante el cobro de los trabajadores de un determinado porcentaje de los beneficios. Esta medida aseguraría un interés común de los trabajadores y los empresarios en la productividad de las empresas y redundaría en una mayor motivación y rendimiento de los operarios. Otra medida que mengua la diferencia social entre las clases es la política fiscal progresiva, es decir, cobrando más a quien más tiene, con objeto de redistribuir la riqueza y mantener la suficiencia de la red de cobertura social. Asimismo contribuye a esta idea la regulación del mercado laboral para proteger los derechos de los trabajadores, facilitando que la dialéctica entre ambas clases se exprese a través de la acción sindical y los convenios colectivos, cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de los empleados.
 
La izquierda debe tender a sumar más izquierda, evitando aventuras inútiles con la derecha,  para superar el estado de fragmentación y debilidad actual. Ello implica, como propone Habermas, la acción comunicativa como medio de alcanzar acuerdos, atendiendo a los valores y objetivos específicos de la izquierda por encima de cualquier otra consideración. Si bien el neoliberalismo se ha globalizado y se expande sin obstáculos a nivel planetario, la actual internacional socialista es meramente testimonial. Debe, por tanto, reorganizarse y ganar en operatividad. Igualmente los sindicatos deben globalizar sus respuestas, tendiendo a unidades de acción internacionales, siendo la voz no sólo de los obreros, sino también de las clases medias, irreversiblemente venidas a menos con el neoliberalismo.

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