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DARWINISMO SOCIAL

28/09/2011

DARWINISMO SOCIAL

Fabricio de Potestad Menéndez
Secretario de Estudios y Programas de la Comisión Ejecutiva Regional del PSN-PSOE

DIARIO DE NOTICIAS                                                                                                                                                                             

28 de septiembre de 2011

No asistimos tan sólo a una crisis económica coyuntural, sino a un desequilibrio político de suma gravedad histórica. Estamos ante un escenario social en el que se atisba la perversidad intrínseca del sistema capitalista, la injusta civilización interclasista y la inicua tiranía del mercado, cuyas raíces se hallan en las aciagas políticas neoliberales, que han ido aplastando y dañando, mediante un cruel darwinismo de cuño hobbesiano, a los más débiles, que ya son la gran mayoría social del planeta.         
        Como afirma John Gray, el capitalismo es radicalmente inestable, hasta el punto de que tiende por su propia esencia a producir colapsos económicos cada vez más graves, profundos e irreversibles. Síncopes económicos que le conduce progresivamente a su propia destrucción, pues devasta a sus potenciales consumidores, que no son otros que la clase media y la clase trabajadora. De seguir así, sólo una minoría menguante podrá seguir contando con ingresos con los que vivir cómodamente. El resto, cada vez mayor, será arrasado a nivel global por la ambición autodestructora del capitalismo: millones de personas corrientes vivirán atrapadas en una deuda personal impagable mientras los desalojos de viviendas por impago se multiplicarán; el desempleo, la pobreza y la exclusión social se extenderán a la vez que la hambruna se hará insostenible. ¿Quién amapara este crepúsculo u ocaso político, económico y financiero? ¿Quién está provocando la depauperación progresiva de la humanidad, que se precipita en cascada hacia el abismo? Digamos lo obvio, que siempre conviene repetirlo: el neoliberalismo, el exceso de pragmatismo, el utilitarismo desmesurado, el sindicalismo cautivo, el conservadurismo religioso y, sobre todo, la falsa izquierda que capitula ante la sociedad interclasista, agota las energías utópicas y se resigna a administrar la realidad con mediocre espíritu posibilista, haciendo de la necesidad mera conveniencia. Es decir, todo ese aluvión decadente que en su conjunto se conoce como la derecha.
     ¿Cuánto podrá aguantar la humanidad esta cruel situación? Si bien es incontestable el hecho de que la desigualdad provoca una humillación constante y estresante a grandes sectores de la población que acaba deteriorando gravemente la cohesión social, la ciudadanía, pese a ello, no se rebela. En el origen mismo de esta resignación se haya el miedo que diluye la conciencia colectiva de clase y paraliza, en consecuencia, la necesaria lucha colectiva. El miedo de las clases desfavorecidas empeora las cosas de forma sustancial, pues las deja sin apenas capacidad de respuesta. El miedo a perder el empleo, en caso de tenerlo; a no encontrarlo, en caso de no tener ninguno; a que empeore la situación personal o de la familia; a no percibir el subsidio de desempleo o, en su caso, la renta básica; a quedarse sin hogar, a quedarse sin asistencia médica; o a que se congelen las pensiones de jubilación; conduce a una frustrante sensación de impotencia que acaba en una fatal conclusión: aún pueden empeorar mucho más las cosas, así que es mejor no hacer nada. Sentencia que afianza un sistema tremendamente inmoral en el que los culpables de la desigualdad social son premiados una y otra vez, y las víctimas castigadas de forma reiterada.
       En el contexto de la actual crisis económica, los impuestos que pagan las clases medias y los trabajadores no se gastan en bienes públicos y en una vida mejor para todos, sino en restaurar un sistema absolutamente podrido. Se ha invertido más en  el sector financiero que en la economía real, de tal suerte que la deuda es insostenible y la economía no despega. Mientras el mercado financiero conspira para reforzarse y construir una prisión en la que mantener cautiva la protesta, agravando así la manifiesta injusticia, los ciudadanos, que no han cometido ningún delito, se ven obligados –por temor a perder su trabajo, sus ahorros o sus pensiones– a contribuir con su esfuerzo y sacrificio a recapitalizar el mismo sistema bancario que les ha llevado a la desesperanza.
      Es decir que mientras los culpables de la crisis y de la desigualdad social son recompensados con creces, los inocentes deben apretarse el cinturón y guardar silencio. Los trabajadores, a cambio de las plusvalías generadas durante años y de sus cuantiosas aportaciones impositivas, obtienen desempleo, pensiones reducidas, recortes de derechos laborales y servicios públicos precarios. En definitiva, se privatizan los beneficios mientras se socializan las pérdidas, como viene siendo habitual en lo que podríamos llamar fundamentalismo de mercado.
      En fin, la acción de las clases medias y de los trabajadores no pueden estar sometida a un repertorio de presupuestos y condicionamientos supuestamente objetivos y deterministas, como el grado de desarrollo de la economía y de las fuerzas de producción, madurez de la situación histórica o lucidez de la conciencia de clase, pues les somete a un rígido corsé de coordenadas categóricas, a un objetivismo sustancial inexistente y a un ritmo tan lento que deja a los desfavorecidos a la espera de que se cumpla una pronóstico falsamente profetizado. Por tanto, no debe sorprendernos que la indignación creciente dé paso a la rebelión espontánea de los ciudadanos, en base a su voluntad individual y a la inmediatez subjetiva de su propio compromiso. El excéntrico grupo de los piratas alemanes, el movimiento de los indignados españoles y las revueltas populares del mundo árabe, que arrancaron en Túnez y se han extendido poco después a otros países, resultan paradigmáticas. Con independencia de las obvias diferencias, todos estos levantamientos civiles y pacíficos tienen algo en común: la espontaneidad popular y el desafecto hacia los partidos políticos y sindicatos.

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