Mª Victoria Arraiza Zorzano
Portavoz de Educación del Grupo Parlamentario Socialista
El pasado mes de mayo, el Consejo de Ministros de la UE acordó una serie de medidas enmarcadas dentro de los objetivos de la Estrategia Europa 2020, un documento que destaca a la educación como línea fundamental de actuación. Las propuestas más significativas inciden en la reducción del abandono escolar temprano hasta un 10% y en el incremento hasta un 40% del número de ciudadanos que obtengan una formación profesional superior o un grado universitario. Son objetivos señalados para toda Europa que expresan las preocupaciones y aspiraciones del conjunto de países miembros.
Las conclusiones alcanzadas abundan en la dimensión social de la educación y señalan algunos programas educativos que pueden contribuir de forma decisiva a combatir la exclusión social, como una educación infantil de calidad, la adquisición de competencias clave en la enseñanza Primaria, especialmente lengua y matemáticas, el aprendizaje de idiomas extranjeros, la adquisición de las nuevas competencias por parte de los adultos, el refuerzo de la enseñanza a lo largo de vida y la internacionalización de la educación superior.
Por extraño que parezca, este compromiso, posible entre diferentes -diferentes países, diferentes partidos, diferentes culturas sociales- no pudo alcanzarse en nuestro país. Los doce objetivos y las 148 medidas que articulaban el Pacto Social y Político por la Educación recogían propuestas concretas de actuación para mejorar el sistema educativo, en un documento fruto del diálogo, la negociación y trabajo con los distintos sectores de la Comunidad Educativa.
Los resultados obtenidos en la “Evaluación General de Diagnóstico 2009”, llevada a cabo entre escolares de 4º de Educación Primaria, no hacen sino corroborar la buena dirección del Pacto impulsado por el Ministro Gabilondo y descubren la complejidad de factores que influyen en el éxito escolar. De hecho, un mismo paraguas normativo da lugar a una divergencia de resultados con independencia del color político de quien gestiona la educación en cada autonomía. Un análisis riguroso de los diagnósticos que se realizan sobre el sistema educativo previene sobre conclusiones de trazo grueso que son más consecuencia de la pereza mental que de ese ejercicio serio y mesurado de reflexión que nos exigen el sistema educativo y la sociedad.
Es cierto que nuestro sistema educativo tiene debilidades y áreas amplias de mejora: obviarlo sería tanto como despreciar la cultura de la evaluación, imprescindible para valorar la calidad del sistema educativo y su adecuación para capacitar a los estudiantes como ciudadanos competentes y activos en la sociedad del S XXI. Pero igual muestra de miopía es insistir en que nuestro sistema es una catástrofe: la educación infantil con un 98% de niñas y niños escolarizados a los tres años (el tercer país de Europa en tasa de escolarización en esta edad), la extensión de la educación hasta los dieciséis años, la equidad del sistema, el amplísimo número de estudiantes universitarios son logros alcanzados entre todos que desdicen esa imagen negativa.
Pero hay algunos problemas que deben ser corregidos sin mayor demora: el 30% de abandono escolar prematuro, la baja tasa de titulados en Formación Profesional de Grado Medio, la reducida cifra de alumnos que alcanzan un nivel de excelencia, o la escasa promoción y reconocimiento del profesorado. Son desafíos que se recogían en el pacto educativo. El texto afrontaba además una apuesta decidida por la Formación Profesional, el plurilingüismo, las TICs, el reconocimiento del profesorado, la educación en valores, la implicación de las familias, la autonomía de los centros, la consolidación de una cultura de la evaluación, el impulso de la política de becas o la modernización de las Universidades.
El sistema educativo no se ciñe a lo que sucede en el tiempo escolar sino que implica a toda la sociedad. Conviene no perder de vista que las comunidades con mayor abandono y fracaso escolar están gobernadas por diferentes formaciones políticas y lo mismo sucede con las comunidades que observan mejores resultados. Y es que el modelo productivo, la exigencia laboral de cualificación profesional, el nivel de formación de padres y madres, las expectativas de la familia en cuanto al futuro académico y profesional de los hijos, el valor que se concede al esfuerzo y a la superación son variables con repercusión directa en la educación.
El pacto político y social impulsado por Gabilondo ha sido un ejercicio permanente de educación: argumentación, búsqueda de consensos, huida de maximalismos, tesón, esfuerzo, reconocimiento del otro. Por primera vez, los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea han incluido a la Educación como uno de los cinco objetivos para conseguir una salida sostenible de la crisis y construir un nuevo modelo social Porque no podemos renunciar a que la educación sea el centro de nuestras sociedad y la columna vertebral de la Unión Europea.